2.- Las mujeres de Bécquer y Baudelaire (Parte A: Baudelaire)
La obra de Bécquer y Baudelaire gira casi en su totalidad, en torno a la figura de la mujer, ciclos, temática, y dualidades, surgen del amplio universo femenino, y de las relaciones impregnadas de amor y de fatalidad que desencadenan, pero cierto es, que en ambos autores, la mujer transciende la mera función de musa inspiradora de todo un corpus literario, es decir, no se conforman únicamente con desempeñar el rol de damas inalcanzables o las simples destinatarias de poemas adulatorios, sino que arrastran al poeta a un torbellino casi místico y desgarrador, a la condena gloriosa de inmortalizarlas en su obra, no se resignan a ser el convidado de piedra o la musa inerte y volátil de unas rimas, son mujeres de piel y sangre que se cruzaron en el camino de la poesía y en el de la vida de nuestros autores. Así pues, la mujer no nace de la poesía, sino que la poesía nace, vibrante y arrolladora, de ellas.
Cuatro fueron las mujeres de Baudelaire, en su vida y en su obra: Sarah, la iniciadora, Jeanne Duval, la mulata arquetípica, Marie Daubraun, la amada idílica, y la presidenta Sabatier, dulce y sofisticada. Claro está, que hubo más, pero sólo éstas pasaron a la posteridad. Indaguemos ahora en sus vidas.
En 1840, Baudelaire comienza a frecuentar los prostíbulos y conoce allí a una ramera judia del barrio latino, llamada Sarah, a la que denomina Louchette, por su bizquera. Mantiene una extraña relación con ella, y posiblemente fue la que le contagio la terrible sífilis al poeta. Es la encarnación de la mujer natural, decadente, abominable, arrastrada por los instintos naturales a las oscuras sendas del deseo, la mujer amada y odiada, la agresiva y dulce “mantis religiosa”, de nuestro poeta. Sin duda alguna
Hasta 1842, no conocerá Baudelaire a una de las mujeres permanentes de la vida del poeta,, su querida Jeanne Duval, una actriz mulata que representaba un papel muy secundario en un Vodebil del teatro Partenón. Mantiene una relación de idas y venidas, Baudelaire conoce a otras mujeres, pero en 1849 vuelve con ella en Dijon, rompiendo posteriormente en 1852, pero ya en 1853 reanuda su affaire con una Jeanne Duval ya enferma y que acaba de perder a su madre. El poeta le costea incluso los gastos del entierro. De nuevo se distancian, y en 1858 vuelven a vivir juntos, pero en 1859, Jeanne Duval sufre un ataque de parálisis temporal, y ha de ser hospitalizada en el hospicio de Dubois; un año mas tarde, se instalan con ella en Neuilly, en las cercanías de Paris, Jeanne Duval ha quedado hemipléjica lo que hará que en 1861 sea de nuevo hospitalizada. Tres años después de la muerte de Baudelaire, en 1870, será vista la sombra decadente de una joven mulata que se arrastra en dos muletas, por los bulevares de Paris.
Jeanne Duval será la personificación del ser que se agota en su más absoluta animalidad y cuya fortaleza reside en su ausencia de complejidad, y a esta simplicidad de la mujer, se debe el sentimiento de ambivalencia que el autor experimenta hacia ella. A un tiempo, es objeto de su amor y de su odio pero de cualquier forma se encuentra encadenado a ella por círculos indestructibles. Idolatra la inexistencia de un conflicto interno, pero la odia y arremete cuando le imputa la inclinación mas elevada de sí mismo. Baudelaire cita” La tontería es a menudo el ornamento de la belleza... la idiotez la conservadora de la belleza. Aleja las arrugas; es un cosmético divino que preserva a nuestros ídolos de los mordiscos que el pensamiento nos reserva a nosotros. ¡Viles sabios que somos!”1
A Jeanne Duval le dedica los poemas 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 36, 37, 38, 39, 41, 42 y 63. Probablemente inspira también los poemas 57, 58, y 137.
Tanto Jeanne Duval como Sarah, representan “La virgen Negra”, emblema nocturno de la feminidad inquietante, quizás inspirado en la “ Nigra Sed Pulchra”que aparece en
En 1843 asiduo a los círculos literarios y artísticos, conocerá a Aglae Sabatier, “ la presidenta ”, amante de un banquero, por la que el poeta experimentaría un amor ideal y platónico. En 1852 iniciaría una serie de envíos anónimos de cartas y de poemas a Madame Sabatier que se prolongaría hasta 1857, fecha en la que la dama cede a las pretensiones amorosas del poeta, pero éste la rechaza, aunque siga manteniendo con ella una entrañable amistad. A Sabatier representa para el poeta “la venus blanca” que concreta el ideal que purifica y asalta, aunque privando ahora al poeta, del éxtasis de la malsana de la malsana voluptuosidad. Será el cobijo, la calma subsiguiente al castigo y al perdón, que busca descarriado, tras haber saboreado el fruto prohibido. El autor parece rechazar todo goce carnal con la mujer idealizada, con la mujer ángel, por lo que ello supondría una especie de incesto. Ésta es la razón de que cuando Madame Sabatier accede a entregarle su cuerpo, Baudelaire rechace la posibilidad de convertir a su amada en un ser privado de la dimensión espiritual e inaccesible que le es genuina, pero quedara inmortalizada en los poemas 47, 48, 50, 51.
Será en 1847 cuando conoce a Marie Daubraun, una joven hermosa y honesta, actriz en el teatro de
La división radical de las mujeres en ángeles o bestias, representan un dramática muestra de la escisión moral que existe entre el bien y el mal, y este dualismo ético es a su vez causante de la imposibilidad e una comunicación humana auténtica y sincera que apacigüe y equilibre al individuo. Sarah y Jeanne Duval representarían a la mujer natural, la mujer que animaliza que arrastraría al hombre al abismo de la brutalidad, ahoga su inteligencia y sus ansias de elevación. El amor carnal, del erotismo condenado, estrangularían los versos del poeta dedicados para ellas.
M. Sabatier y M. Daubraun significan para el poeta la belleza, la paz, el norte y la salvación. Esta belleza es un goce presentido, vislumbrado desde la soledad idealizadora del hombre y que en consecuencia, puede ser revestido de todas las gracias que la imaginación sea capaz de concebir. Serán versos blancos, de amor idealizado y redentor.
Ninguna mujer concreta podía satisfacer las ansias contrapuestas del poeta, lo que explica el sentimiento ambivalente, amor-odio, hacia J. Duval y M. Sabatier. Además interviene la contraposición de la mujer ángel y demonio, no sólo representado en su obra, sino que toma personificaciones vivas, con las que topará Baudelaire a lo largo de su vida, un ejemplo más de que los versos malditos y voluptuosos, nacen de los besos envenenados o puros, de estas grandes mujeres.
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