domingo, agosto 05, 2007

3.- El universo femenino (parte 1)

La mujer que pintan Bécquer y Baudelaire en sus versos, nunca queda varada en estrictas catalogaciones ni están sometidas a rígidos convencionalismos o prejuicios mediocres, que hagan reprimir la naturaleza instintiva y el carácter, firme y atronador, de estas damas de humo. De esta manera, transcienden los límites morales y sociales de la época, y manifiestan siempre su naturaleza arrolladora. Ninguno de nuestros autores acuden a estereotipos de la Literatura, ya que vierten sobre ellas, una densa y cromática caracterización, ofreciéndonos pues, un universo femenino, infranqueable y apasionado. Muchas similitudes y diferencias, comparten las mujeres vitales de nuestros poetas, mi intento será señalarlas y establecer una posible relación entre ellas. Lo primero que creo conveniente plantearse, será qué concepto de amor y de relación sentimental, poseen ambos autores, averiguar cuáles son sus actitudes y oscuros deseos y temores enterrados.

Para Gustavo Adolfo, el amor no es una ficción, es siempre “ el más hermoso de mis sueños de adolescente”11. Toda su vida es una dramática búsqueda de la mujer soñada: “ Me cuesta saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica revueltos nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente”12. Porque el amor que crecerá en Bécquer, nace de él mismo, de su poesía. Será un amor en que hallará su fin y destino en una mujer inexistente, imposible, etérea, nacida de sus sueños poéticos y convertida en una genial rima. Prueba de esto sería la rima XI. Aquí el poeta no dedica sus versos a una mujer de carne y hueso, incluso llega a contraponer los dos tipos de belleza femenina tradicionales: la morena ardiente y la rubia fría, para superarlas así la dama inalcanzable, intangible , misteriosa... aquella que es sueño mismo en esencia:

“Yo soy un sueño, un imposible,
vacío fantasma de niebla y luz,
soy incorpórea, intangible;
no puedo amarte” “oh, ven; ven tú”.

Y llegará el momento espléndido para el poeta, en el que se sentirá invadido hasta en las cavernas de su alma, para acoger el amor, con esperanza renovadora, como luz nueva que ilumine su senda miserable, ya tiene un fin reconocido en su camino de pesares y tristezas, aunque aún no tenga, a su compañera ansiada a su lado. Estos son los pasos primeros de un joven Bécquer deslumbrado por los primeros albores del amor, un Bécquer deseoso y paciente, idealista y triunfador, y siempre romántico:


“Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman;
el cielo se deshace en rayos de oro;
la tierra se estremece alborotada.
Oigo flotando en olas de armonía
Rumor de besos y batir de alas;
Mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?
¡Es el amor que pasa!”


Esta concepción idílica, e incluso ingenua, del suceso amoroso, corresponde a la etapa sevillana, de un Bécquer enamorado de “ la joven de la calle Santa Clara”, de aquella silueta femenina, fugaz y misteriosa, que asomaba al balcón. Sería ésta, la musa del poeta, la mujer inalcanzable, volátil, espíritu y no cuerpo, incorpórea pero deliciosamente sugerente. Tras su marcha a Madrid, llegamos a un punto en el cual, Bécquer evoluciona, madura, su amor no es únicamente presentido entre sueños imposibles y sexuales deseos adolescentes, esta vez se enamora, aunque obsesivamente, de una bellísima y altiva mujer, posiblemente de Julia Espín. A partir de este momento, su amada tendría un nombre concreto y un cuerpo, tangible y sedoso... real; así sus composiciones, quedarán teñidas de un erotismo sutil e inédito hasta ahora.

Frente a este amor puramente, y como denomina la crítica, “becqueriano”, frente a la figura de un joven tímido y retraído, convencido de la belleza y grandiosidad del amor, contrasta la crudeza y decadentismo de un Baudelaire prematuro de diecinueve años, que frecuenta prostíbulos y las noches de alcohol y opio, víctima de una infancia dura y solitaria. Recordemos que vivió traumáticamente el segundo matrimonio de su madre y la estancia en los internados, lo que debió suponer, una honda represión afectiva hasta el punto de anclarle en un estado infantil en plena madurez. De su desgarradora experiencia, reacciona de dos maneras radicales: sublimando la soledad como estado indispensable del genio, del elegido, y proyectar en toda mujer la visión de aquella madre cariñosa que ansiaba abrazar. Este sentimiento, heredado de “Edipo”, generó un profundo dolor, rechazo y distanciamiento en sus relaciones amorosas, y queda claramente expresado en sus poemas. Es un amor que no se puede disfrutar ni poseer.

Esta metamorfosis que sufre su amor se traduce en su horror y gusto hacia la prostitución. De esta manera, frente a la mujer idealizada de Bécquer, contrasta la primera musa baudeleriana, una ramera judía bizca, de “triste belleza”. Si la becqueriana era etérea, misteriosa, perfecta, la de Baudelaire era un “cuerpo vendido”, “un cadáver”, “una horrible judía”, “reina de las crueles”13. El poeta francés hace alusión a la relación carnal desgarradora, “hubiera besado con furia tu noble cuerpo”, no hay pues, atisbo de candor, ni idealismo, ni la intangibilidad de Bécquer.

A este distinto tratamiento del tema de la mujer amada (y en Baudelaire, a su vez, repudiada), debo señalar un hecho puntual y trascendental, que se manifiesta en ambos poetas, lo cual me supone un comentario anecdótico,, interesante y muy curioso. Se trata pues de la dualidad ángel y demonio, la mujer natural frente a la mujer “humana”. Esta contraposición se dará por supuesto en distintas variantes y con el tratamiento completamente singular en cada autor; pero ambos recogen la idea madre, de abarcar esta bipolaridad, en su rico universo femenino.

Por un lado encontramos en la mujer ideal becqueriana, esta doble naturaleza, expresada de la siguiente manera:


1. La mujer como encarnación del espíritu del mal, la que causa con su belleza la perdición del hombre, es la mujer demonio, de naturaleza fantasmagórica, identificada muchas veces con el tema de la ondina que enamora al caballero y le induce a vivir con ella, ocasionándole la muerte. Es el caso de algunas leyendas como “Los ojos verde”, “El beso” y “El rayo de Luna”.


2. La mujer como figura angelical, de belleza pura y casta y a la vez sugerente, será capaz de sacrificarse para salvar a su amado. Aparece por ej. en “La rosa de pasión” y “La cueva de la mora”.

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